miércoles, 6 de febrero de 2008

Por qué creo en la no violencia

Desde los albores de la humanidad, la violencia ha sido utilizada en todas sus formas para conformar las distintas sociedades y culturas en todos los continentes y en todas las épocas.

Con violencia se estructuraron el Imperio Griego, el Romano, irrumpieron los bárbaros en Europa, se realizó el descubrimiento de América, la Revolución Francesa, y se dio luz a la actual sociedad de nuestros días, no sin antes provocar dos guerras mundiales con millones de muertos y dejar gratuitamente dos bombas nucleares en Hiroshima y Nagasaki.

Desgraciadamente, el recurso a la violencia sigue siendo el gran recurso al que se echa mano para resolver los conflictos: la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, la guerra del Golfo y, últimamente, la invasión de Afganistán e Irak.

Han sido muchos los achaques y los mitos en nombre de los cuales se han cometido crímenes horrendos, genocidios salvajes, torturas infinitas y violaciones de todos los derechos humanos más elementales.

La Patria, la raza, la iglesia, Dios, Alá, el progreso, la democracia… han sido los disfraces que se han utilizado para ocultar los atropellos que se cometían y justificar las violencias más injustificables o establecer las dictaduras más atroces.

Hoy, todos los cambios tecnológicos y económicos producidos, las enormes transformaciones acaecidas en las distintas sociedades hasta llegar al siglo XXI, no han sido capaces de modificar ni un centímetro el comportamiento del ser humano, igualmente violento y mucho menos de los poderes políticos y económicos que no les tiembla el pulso a la hora de usar la fuerza y la violencia por mantener sus privilegios y sus egoístas intereses.

El Sistema capitalista actual, en esta fase del Imperialismo a la que llaman globalización, es un sistema violento en su estructura esencial que no le importa utilizar el terrorismo de estado en política exterior o fabricar guerras acá o allá por puras conveniencias de sus multinacionales o del capital financiero.

Yo creo en la no violencia, como método de lucha, porque me parece más ético y legítimo y porque no creo que el fin pueda justificar los medios, sino que en los medios ya se contiene el fin.

Aspiro a una sociedad sin violencia, es decir, sin desigualdad y sin injusticia, y, si es posible, sin armas de ningún tipo y en manos de nadie, ya sean ricos o pobres.

Cuando aspiro al socialismo, es decir, a una sociedad sin clases donde la riqueza y el derecho se repartan, aspiro a la paz, que es la ausencia, no sólo de violencia, sino que es también la práctica de la justicia.

La opción por la paz es una opción, pues, revolucionaria, que aspira a otro modelo de sociedad, a otro modelo económico y a otro modelo político y de desarrollo que sea capaz de poner al ser humano y a la naturaleza en el centro de todos los quehaceres y eso, en la práctica, significa la necesidad de subvertir este mal orden establecido.

Ser pacifista es elegir otro modelo de sociedad que no se base en la violencia y en la explotación y en la desigualdad. En una sociedad que no sea capaz de asesinar a 70 mil personas de hambre todos los días al tiempo que así misma se llama civilizada y cristiana.

Decir no violencia es decir desaparición de todas las armas nucleares y convencionales; es desarme, que incluya a las grandes potencias, y es hacer una sociedad donde los conflictos entre las personas y los países se resuelvan por el diálogo y el debate político y no por la imposición del que tenga más fuerza militar.

Y, desde luego, es abandonar la hipocresía y el farisaísmo de legalizar y hacernos creer que la violencia cuando la ejercen los ricos y poderosos es legal, natural y hasta necesaria y, cuando la ejercen los pobres es ilegítima, bastarda, fundamentalista o terrorista.

Toda la violencia debe ser ilegal, y ninguna puede ser justificada en nombre de nada, porque si así fuera estaríamos proponiendo que las clases dominantes o enriquecidas sí pudieran recurrir a la fuerza para mantener sus riquezas y sus privilegios y los pobres y explotados no puedan recurrir a la fuerza para defenderse de los abusos de los que son víctimas.

Mi opción ha sido y es la de la no violencia activa, como medio y como fin, y por eso un día me negué a hacer la mili y me declaré objetor e insumiso porque no quería a aprender a matar por ningún motivo, y llevo muchos años practicando el socialismo valiente, audaz, revolucionario, pero pacífico desde la misma fundación del Sindicato de Obreros del Campo.

He sido detenido, encarcelado, golpeado por la guardia civil, amenazado de muerte y recibido dos atentados de la extrema derecha, pero yo nunca, jamás, golpeé a nadie en todos los años de lucha porque prefiero mil veces morir a tener que matar.

Soy nacionalista de izquierdas, y creo en el derecho de autodeterminación donde los pueblos diferentes del Estado decidan mediante referéndum la soberanía que quieren ejercer en cada momento y si desean un Estado Federal o Confederal, pero eso sí, en cualquier caso, solidario y republicano, pero al mismo tiempo que ni ésta ni ninguna otra idea merece ni una sola gota de sangre de nadie y por ningún motivo.

Soy de izquierdas y, por lo tanto, anticapitalista, porque considero que dentro del capitalismo nunca se resolverán los grandes problemas que tiene la Humanidad como el hambre o la guerra y los problemas que tiene Andalucía como el paro, la falta de viviendas, la soberanía alimentaria o una mayor soberanía política, pero cambiar este sistema de violencia estructural que nos domina, pienso que hay que hacerlo desde la lucha colectiva, constante, audaz, atrevida, subversiva pero no violenta.

Y creo también que esta trayectoria de pacifismo activo pero subvertidor, me debe dar la autoridad moral para decir con toda sinceridad que no se puede criminalizar el pensamiento ni encarcelar ideas en ninguna parte y por ningún motivo, porque las soluciones a los problemas, a todos los problemas, incluidos los de Euskadi, han de ser políticos y de naturaleza política sin que por eso, a uno, lo señalen con el dedo de la acusación.

Ojalá que la no violencia presida mañana nuestra sociedad y nuestras vidas, porque ésa sería la mejor señal de que por fin se respetan los derechos humanos en todos los rincones de nuestro maltratado Planeta.

Ser pacifista es, desde luego también, ser ecologista para luchar contra la violencia estructural que destruye la naturaleza, la convierte en una mercancía y en un negocio, para que un puñado de desaprensivos fabriquen un modelo de desarrollo que pone en peligro el hogar colectivo en el que estamos viajando.

Ser realistas para exigir lo imposible es el camino de la verdadera paz y, desde luego, nunca la cobardía, la hipocresía y la indiferencia.

JUAN MANUEL SÁNCHEZ GORDILLO
Portavoz Nacional de la CUT y
candidato de IU por Sevilla al Parlamento Andaluz